Si tuviese que describirte con una palabra, sería agua. La mañana en la que abrí los ojos y te vi dormido, con tu torso desnudo semioculto por las sábanas y el pelo desordenado, sentís ganas de llorar. Me giré para poder abrazarte con fuerza, albergando la vaga esperanza de que así podría retenerte a mi lado; abriste los ojos y, mezclando una suave risa con bostezos, murmuraste que la que nunca podría escapar sería yo. Sin embargo, una mañana abrí los ojos y no estabas entre mis sábanas. Me habías abierto una jaula que mantuve cerrada tanto como pude.
Siempre has sido agua; porque pese a poder sentirte o verte, nunca he podido sostenerte o atraparte entre mis manos, siempre escapando de mí. Somos almas gemelas condenadas al fracaso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario