domingo, 9 de diciembre de 2012

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El muchacho entró en aquella aula vacía. Todo bien recogido. Las sillas bajo las mesas. Las mochilas junto a las paredes. El muchacho sonrió. Volvía a estar solo de nuevo, pese a desear con todas sus fuerzas no estarlo. Se sentó en el primer sitio que encontró. Ocultó la cara entre las manos. No quería llorar; se negaba a hacerlo. Comenzó a pensar en su vida. Sus amigos eran más felices sin él cerca, lo sabía. Sus estudios eran para echarse a llorar. Las cosas con su familia empeoraban cada día más y más. La autolesión u la depresión que sufría se le estaban comiendo vivo, pero nadie lograba verlo. Rio, pero la alegría no llegó a sus ojos. ¿Por qué nadie se daba cuenta? ¿Por qué nadie le salvaba de aquel infierno que se cernía sobre él? Se echó a llorar en silencio. Pequeñas convulsiones nacían en sus hombros, sacudiéndole entero. No conseguía serenarse, pese a desear con toda su alma hacerlo; pues había oído que alguien entraba. Dicha persona se sentó a su lado, observándole. Se serenó a duras penas, se limpió las lágrimas y le sonrió, pidiéndole disculpas.
-¿Estás bien? -le preguntó.
-S-sí, -susurró él. "No", dijo una voz en su cabeza.
Movió la cabeza de un lado a otro y le abrazó con fuerza.
-No, no lo estás.
Abrió ampliamente los ojos. ¿Quién no se había dejado engañar con sus sonrisas?
-Sé por lo que estás pasando. Déjame ayudarte.
El chico la miró, sorprendido. Dejó escapar unas pequeñas lágrimas, que ella retiró dulcemente con la yema de los dos.
Y asintió mientras sonreía.

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