martes, 25 de febrero de 2014

solo una vez
cuidé tu alma triste
que rota estaba

haiku nº1
"y lo volvería a hacer"

Segundas oportunidades.

Respiré hondo.  Necesitaba distraerme, así que observé una vez más el panfleto que me habían proporcionado apenas unos días antes, cuyo título rezaba “TODOS MERECEMOS UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD”, acompañado de una retahíla de patrocinadores. Me encontraba nerviosa, me sudaban las manos y la ansiedad emponzoñaba todo mi cuerpo.  Mi marido no tardó mucho en llegar –o quizás sí, había perdido la noción del tiempo hace rato–. Me repetía una y otra vez lo bonita que estaba y lo orgulloso que se sentía de mí. No le creí. 

Había sido invitada a contar mi historia; pero a cada segundo que pasaba, me arrepentía un poco más. Agarré fuertemente el panfleto, como si algún tipo de deidad estuviese allí atrapada y fuese a otorgarme la fuerza de voluntad que tanto necesitaba. El bullicio del público era cada vez mayor y, por tanto, mi miedo también. ¿Qué ocurriría si me quedase en blanco? ¿Y si mi historia les aburría? Eran tan abrumadoras mis inquietudes que estuve al borde de un ataque de pánico.  El silencio se fue alojando en la sala poco a poco y fue el momento en el que mi marido me dio un último apretón de manos y me dijo que era hora de salir. Me temblaban las piernas y no sé cómo conseguí que mi aparato locomotor se coordinara correctamente para evitar que tropezara. El público estaba ahí, en silencio, expectante. Las lágrimas amenazaban con humillarme; aunque parpadeé varias veces y me aclaré la voz. Había venido con algo que quería ser contado, y no me iría hasta haber cumplido tal deseo.

 –Buenas tardes. Si les puedo ser franca, no sé muy bien como comenzar. ¿Debiera presentarme primero, o quizás hablarles de mi historia? Sé lo que piensan, “¿Cómo? ¿Ha venido sin prepararse, como mínimo, un guión?”. Créanme que lo intenté, pero las palabras rehusaban a tener un orden coherente, así que creo que lo más educado es presentarme. Mi nombre es Diana y tengo 36 años. Mi infancia no fue triste, éramos una familia feliz, la mejor que habría podido desear. Mis padres tenían la suerte de poder trabajar ambos y mi hermano y yo estábamos muy unidos; se esforzaron mucho en que jamás nos faltase de nada, incluso si eso significaba menos caprichos para ellos.

La espiral de decadencia en la que mi vida quedó atrapada comenzó cuando tenía 10 u 11 años. En el colegio, nos preguntaron que queríamos ser de mayor. Las niñas querían ser princesas, cantantes, actrices, profesoras, querían serlo todo; al igual que los niños, que soñaban con ser policías, futbolistas famosos o astronautas. El problema es que yo nunca había pensado que quería ser de mayor, nunca había soñado con ser nada. A los 14 años, tuvimos que escribir sobre nuestra personalidad. Cuando llegué a casa, les pregunté a mi familia sobre mi personalidad; más tarde, me senté delante del escritorio durante toda la tarde. ¿Y saben? Le entregué un folio en blanco al profesor. Yo no era nada, no era nadie. No tenía sueños, no tenía ambiciones; solo quería sacar buenas notas y ser un orgullo para mi familia. ¿Y todo para qué? Es algo que aún sigo preguntándome. 

Mi padre fue ascendido en el trabajo, y nos vimos obligados a mudarnos; comenzando así de cero en una nueva ciudad. Tendría 17 años por aquel entonces, y mi primer día en el instituto fue desastroso, ya que no tenía facilidad para entablar conversaciones con mis compañeros. Los días pasaban, y para mi propia sorpresa, encontré amigos. Eran el típico grupo de chicos malotes, los típicos alumnos que se saltaban las clases y siempre se les podría encontrar fumando en los baños. Ya conocen el refrán, “dime con quién andas y te diré quién eres”, así que pueden imaginar lo que fue mi futuro con ellos, ¿no? Terminé en el mundo de las drogas y del alcohol, abandonando así mis estudios. Mi familia hizo cuanto pudo por mí; pero cansada de ellos, hui de casa y me fui a vivir con una chica del grupo, Victoria. Mi vida pasó a ser sexo, drogas y una libertad que me sigue persiguiendo todavía. Acabé embarazada con 18 años; ni siquiera sabía quién era el padre y, en el caso de saberlo, nos dejaría igualmente a nuestra suerte, así que tuve que dar al bebé en adopción. Mis amigos se habían cansado de mí, porque una tía preñada era un coñazo; así que me quedé sola, sin dinero, sin una casa y sin estudios. Se me revolvían las tripas con pensar en acudir a casa, así que encontré el camino fácil en la prostitución.

 Recuerdo la noche en la que comenzó mi camino de vuelta para salir de este infierno. No había dormido nada esa noche. Miré el reloj, creo que eran las tres o las cuatro de la mañana y busqué a tientas mi ropa, mordiéndome el labio con fuerza para evitar romper a llorar. Me vestí como mejor pude, me metí el dinero en el bolso y cogí el paquete de cigarros que había encima de la mesilla. Aquel hombre roncaba ruidosamente, lo que me ayudó a silenciar la salida. Nevaba copiosamente, y la ropa que llevaba no era la adecuada para un día como aquel.

Una noche más, había vuelto a hacerme daño, a vender mi cuerpo al primer hombre que oliese a dinero. Me ajusté el abrigo y me encendí un cigarro. Encontré un portal donde resguardarme de la nieve, al menos por el momento. Seguía sin entender como mi vida había llegado a un punto tan lamentable; era incapaz de recordar a la mujer que se escondía bajo el maquillaje y los tacones de aguja, había olvidado lo que era la dignidad a medida que más deplorable se tornaba mi vida, dejando atrás mi respeto según cuantos hombres se acostaban conmigo en una noche, abandonando mi verdadera identidad a base de alcohol. Me había convertido en una muñeca rota cuya función era ser violada a cambio de dinero y drogas. Rompí a llorar. Yo quería tener sueños, quería tener algo por lo que luchar, algo que me obligase a levantarme cada día. 

Ni siquiera tenía ánimos para llamar un taxi y regresar a casa; un local con un colchón y mantas raídas complementado por un baño de dudosa higiene. Cerré los ojos y creo que llegué a quedarme dormida, aunque solo hubiese sido por media hora. Me obligué a abrir los ojos y a irme de allí, no quería asustar a ningún vecino. Me levanté a duras penas y comencé a andar sin rumbo fijo. No tenía nada que perder, no tenía a nadie esperándome en casa, no tenía un jefe que me gritase por llegar tarde. Añoraba esos pequeños detalles que la gente poseía, pese a que ellos no daban importancia. Es duro vivir en estas condiciones, pero lo era más cuando la gente a tu alrededor ignoraba lo que tenía, seguros de que jamás lo perderían.

 Llegué hasta el puente de los suicidas; por el nombre, se deduce que macabros accidentes solían realizarse aquí. Más de una vez había sido yo una de las personas que iban a acabar con su vida, pero siempre me acobardaba y regresaba a la acera. Había un chico preparado para saltar, y sentí una urgente necesidad de evitar tal cosa. Le grité que se detuviese, pero no me oyó. Estaba abstraído en su mundo, aceptando lo que iba a ocurrir. Volví a gritarle, y esta vez sí pareció escucharme. Me acerqué hasta donde se encontraba y le pedí que se lo pensara una segunda vez, que estaba dispuesta a ayudarle, pero para ello necesitaba que volviese a la acera. Su contestación fue “váyase al infierno, usted y su maldita hipocresía”. Me enfadé. Le grité y él hizo lo mismo. Encontré así una manera de distraerle, así que reté su orgullo, lo que le obligó a bajar del borde del puente. No debía estar muy seguro de querer morir, si con algo tan absurdo como una discusión con una desconocida le hizo cambiar de idea, pero gracias a mi osadía conseguí que aceptase tomar un café conmigo y, al menos, una oportunidad para hacerle ver que las cosas pueden ir mejor. Y no solo lo hice, sino que conseguí que incluso yo misma lo creyera.

 Reuní el valor de regresar a casa, donde me aceptaron con los brazos abiertos, como al hijo pródigo de la Biblia. Comencé a ir a un centro de rehabilitación. Este chico –cuyo nombre era Carlos– y yo comenzamos a quedar más, convirtiéndonos en confidentes el uno del otro. Acabamos casándonos tras unos meses, y pedimos un préstamo al banco para abrir un pequeño local, una panadería. ¿Saben cuándo supe que se me había otorgado una segunda oportunidad? Fue cuando entró nuestro primer cliente. Por primera vez en años, la mercancía a vender no iba a ser mi cuerpo. El negocio nos está yendo bien, y estamos ahorrando para comprar una casita en las afueras. Esta es mi historia, mi segunda oportunidad. Quiero pedirles algo. Me gustaría que recordasen que todos ustedes tienen una segunda, una tercera, una cuarta, el número de oportunidades que haga falta para volver a intentarlo. Sean sus propios héroes, señoras y señores, y así puedan tener una historia que contar al mundo para que alguien  –sus hijos, sus compañeros de trabajo, incluso desconocidos– puedan aprender algo de ella. Gracias por su atención y gracias por haber venido.

Los aplausos comenzaron a ocupar cada rincón del auditorio. Me despedí una vez más y salí del escenario, donde me esperaba mi marido. Me sonrió con fuerza y me quitó dulcemente las lágrimas de la cara. Había sido muy valiente.

Estrellas.

No merezco tenerte. No merezco que me abraces llena de cariño o que me hables hasta dormirte, no merezco que sonrías al verme o que me tomes de la mano; no puedo decirte lo mucho que te amo o cuanto deseo que seas mía. Querida, no tengo derecho a hacer el amor contigo o a que seas mi única y mayor musa. No puedes creer mis promesas; puesto que juré amor eterno a la luna y mírame, ¿qué soy ahora, más que un loco enamorado de las estrellas de tus ojos?

miércoles, 29 de enero de 2014

¿Conocen el miedo?

Me gustaría preguntarles algo, ¿alguna vez han sentido miedo? Seguramente sí, ¿verdad? Miedo a perder su trabajo, miedo a la enfermedad, a perder a su familia o a que se descubran sus más oscuros secretos; sus miedos son absurdos, si me permiten decirlo.
Pese a ello, me gusta que sientan miedo, me apasiona que convulsionen de puro terror. Disfruto observando sus pesadillas, como mueven frenéticamente los ojos mientras sus más temibles infiernos se vuelven realidad. Cuan morboso placer.
A veces evitar girarse y afrontar lo que hay detrás de ustedes, incluso estando en su propia casa, ¿a que le temen? Piensan en asesinos, ¡e incluso culpan a los inexistentes fantasmas! ¿Ustedes se consideran a si mismos seres racionales? Ridículo.
Me alimento de su miedo, crezco con su pavor, sobrevivo de sus pesadillas más oscuras. No desconocen mi identidad, por la simple razón de que emplean gran parte de su vida en asesinarme. La pena les embarga, es triste saber que soy el lado más oscuro de vuestra existencia, esa personalidad que tratan de ocultar. Soy la locura palpitando dentro de ustedes, esa sombra que notan detrás suyo, los ruidos inexplicables, complemento de los peores asesinos. Soy ustedes.
Pero recuerden; los monstruos están en su cabeza, no debajo de la cama.

miércoles, 22 de enero de 2014

(no sé como llamarlo)

A mi querida Julie,

Hola, ¿qué Hola, ¿cómo Vaya, ¿cuánto tiempo ha pasado que vagamente recuerdo como comenzar una carta?
Hola, cariño. Tal vez esta carta te traiga recuerdos, una semejanza a las cartas que compartíamos en la guerra. Una enfermera y un soldado, nada que no se haya visto antes, ¿no? Pero siempre fuiste especial, amor mío, porque salvaste tantas vidas ─incluyendo la mía─ sin pedir nada a cambio que tienes un huequecito en el cielo. La guerra fue dura para ambos, pero sobrevivimos. Cuan agridulce fue saber que estábamos vivos, obligados a enfrentar una vida nueva en un país cruel; pero fuiste muy valiente.
Cuando regresé, vivías con tu madre. Recuerdo que el pueblo era pequeña, y tu casa muy modesta; tu madre abrió la puerta y se encontró a un hombre cansado, desaliñado y con maleta en mano. Llegaste sin avisar, y creo que el mundo se paró a mirar. El silencio se alojó en el ambiente, te tapaste la boca muy despacio y ni siquiera fuiste consciente de que estabas llorando. No supe bien que hacer, el aparato locomotor se me paralizó de golpe y tuve tanto miedo de no saber que decir que ardía en deseos de huir.
Nos casamos y construí una pequeña casa en un pueblo de Georgia. Tuvimos dos hijos, ¿recuerdas? Michael y Susanne, nuestros pequeños ángeles. Solo Susanne tuvo la oportunidad de vivir; por lo visto, en el cielo necesitaban a alguien tan bueno como nuestro Mike. Se te cayó el alama a los pies, pese a que lo ocultabas para ser una buena madre con Susanne. Gracias por ser tan fuerte, amor mío.
Trabajaba duro como agricultor para darle una buena vida a mis reinas. Creo que almacené tanto amor para vosotras que aún me encuentro más de una vez echándoos de menos.
El tiempo no se detuvo para nadie; así que mientras Susanne florecía, nosotros nos marchitábamos. ¿Sabes, Julie? La soledad me ha vuelto más pesimista; y he llegado a la conclusión de que desde el momento en el que nacemos comenzamos a morir, ¿así que esto es vida o muerte?
Susanne era una apasionada de las artes, y encontró su vocación en la vida en el cine. Triunfó. Te brillaban los ojos cuando hablabas de ella, era algo hermoso. Te sentías tan orgullosa de nuestra niña que me sentía realizado como padre y esposo.
Los años se marcaban en tu cuerpo, y pese a todo, la vida te castigó con alzheimer. Tras varias pruebas más, descubrieron que tu corazón estaba fallando; te dijeron que vivirías seis meses, luchaste durante todo un año. Eran tan duro verte así, cielo, obligado a mirar como perdías los recuerdos de lo que más te importaba... He llorado tanto que creo que he llorado por ambos.
¿Recuerdas aquel jardín que tanto mimabas? Cada estación nos sacábamos una foto juntos, pero en esa última solamente salgo yo. Imparable decadencia.
Guardaré esta carta en nuestro baúl de los recuerdos junto con todas las demás, hasta que encuentre algún modo de hacerlas llegar al cielo.
Te amo, Julie; te amé, te amo y te amaré siempre.

Siempre tuyo,

William Gordon

P.D.: Gracias.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Quién sabe, ¿no?

Para Barbitas, por sacar el tema.

Tal vez la vida sea una mierda y Dios nos haya abandonado a nuestra suerte; tal vez se ría de nuestros esfuerzos por sobrevivir. A lo mejor ese hijo de puta que te abandonó aún sigue pensando en ti, aquel amigo de la infancia intenta llamarte y tu padre seguiría mirándote a los ojos, desconociendo esa homosexualidad latente que vive dentro de ti que él tanto rechaza. Quién sabe, ¿no? Quién sabe.
Después de esta introducción, me pregunto que pensarán de mí; déjenme adivinarlo, ¿una pesimista extrema?, ¿una vieja amargada? Seamos sinceros, a mí me la suda ─si me permiten expresarme tan vastamente─ su opinión sobre mí y ustedes no me dan si quiera la importancia necesaria para hacerme un perfil; así que tendré que contar mi historia una vez más.

Supongo que yo era una chica triste sin razón; es decir, no me acosaban ni tenía un pasado triste, yo que sé. Mi familia era feliz y jamás se había roto y creo recordar que nadie que me importase lo suficiente había muerto, así que creo que no había motivos para que estuviese triste. No tenía muchos amigos porque me pasaba mi tiempo libre en casa, estudiando o con mis padres. Oh, por los clavos de Cristo, no me digan que han atribuido mi tristeza a esta falta de amigos, mi familia rellenaba dichos huecos. Y me era suficiente, ¿saben? Porque siempre fui una cría modesta, egocentrismo cero. En el instituto me iba bien, creo. Solía sacar buenas notas y la gente me respetaba; me preguntaban dudas, me pedían los deberes y no mucho más. Más que suficiente contacto social. Y bueno, en todo instituto existe el típico grupo de zorras que a todo el mundo le cae bien menos a ti y se toman la molestia de joderte la vida. Supongo que les agradecería que perdiesen su tiempo conmigo de no ser por el hecho de que me dan ganas de vomitar, reír, salir corriendo y romperles la nariz. No crean que soy tan marimacho, simplemente tenía mal humor y cuatro rubias pintadas no iban a tocarme las narices de tal manera. Tampoco era tan malo, en clase no llamaba la atención más de lo necesario. Era un buen trato, estudiaba y sacaba las mejores notas de la clase a cambio de que me dejaran pasar desapercibida. Era como un fantasma, pero me gustaba. Ah. Ya ven, no puedo quejarme.
Los días solían ser monótonos, pero adoraba mi propia rutina de aparecer y desaparecer por los diferentes lugares en silencio.
Recuerdo el día que nos cambió la vida a todos. Llegué a casa algo cansada, pero aún así fui a la cocina para ayudar a mi madre. Grité. Estaba en el suelo, apenas se movía y el movimiento de su pecho era casi imperceptible. Eché a correr al salón, ─creo que me caí varias veces por el incontrolable temblor de mi aparato locomotor─ y rompí a llorar mientras rogaba por una ambulancia. Me senté al lado de mi madre en silencio y lo único que recuerdo fueron ruidos, ajetreos y miedo. Después recuerdo a mi padre llorando, una manta, café y olor a quirófano. Se me dilataron las aletas de la nariz ante este desagradable olor a inseguridades, muerte y desinfectantes. Quería consolar a mi padre, abrazarle y decirle que mamá saldría de esto. Sin embargo, me quedé en silencio, porque ni siquiera sabía si yo sería capaz de creerme mis propias palabras.
Mamá se quedó ingresada; había sufrido un ataque al corazón y necesitaba un trasplante rápido si no quería que su vida corriera peligro. A diferencia de las películas americanas, no había corazones compatibles con el suyo. Se me diagnosticó un porcentaje medio-elevado de ansiedad, así que me empastillaron tanto que parecía una puta yonki, como la chica de Requiem for a dream. ¿Han visto alguna vez esa película? Yo no, pero el título siempre me había parecido romántico.
Dejé de estudiar, de comer, de dormir, de vivir. A mi padre debió de ocurrirle algo parecido, porque se fue a la casa de sus padres durante unos días. Mi madre necesitaba un corazón, ¿no? Pues yo se lo daría. Me sometí a bastantes pruebas hasta concluir en que mi corazón era compatible; y a pesar de las insistencias de aquellos médicos, decidí seguir adelante. Y bueno, ya pueden imaginar el resto, ¿no? Lo telefoneé para perdirle que me cambiase el turno y viniese él a cuidar a mamá, y supongo que no tardó mucho en venir. Los últimos recuerdos que poseo son el quirófano y una carta para mis padres.

Tal vez la vida sea una mierda y Dios nos haya abandonado a nuestra suerte, quizás se ría de nuestros esfuerzos por sobrevivir. A lo mejor mi madre me odia por haber muerto por ella, mi padre se culpe por haberme dejado sola o ambos me agradezcan mi sacrificio. Quién sabe, ¿no? Quién sabe.

lunes, 21 de octubre de 2013

Recuerdos de guerra.

Nota de la autora: A ver, este relato incluye ideas sobre nazismo, lo cual quiero dejar claro que NO COMPARTO DICHOS IDEALES, es un relato simple que quiero dedicar a @_RodrigoRuiz_ por pedirme que lo escribiera. No es muy fuerte; de todos modos, leerlo bajo vuestra responsabilidad.


No recuerdo bien el número de cigarrillos que había consumido ese día. Las paredes grises de aquella sala no nos gustaban a ninguno de los dos; lo sé porque tus ojos se tornaban tristes cuando evitabas mirarme y te veías obligado a observar la sala. Recuerdo que movías mucho las manos y parpadeabas en exceso. Sigo sin comprender por qué estabas tan nervioso, ¿te asusta un viejo diablo? Te miré en silencio y te pedí que comenzásemos, lo cual aceptaste encendiendo la grabadora. Vaya alguien más morboso que deseaba escuchar los relatos del infierno. Ah, allá vamos, pues.

-¿Qué mejor manera para comenzar más que presentándome? Mi nombre es Harold Petrov, de antepasados rusos y alemanes. Nací y crecí en la hermosa ciudad de Berlín. Mis padres estaban muy bien acomodados, económicamente hablando. Tenía una hermana, Gretel, que murió a la edad de doce años debido a leucemia. Estudié y me formé como un hombre culto, algo que, sin saberlo aún, me sería muy útil. Cumplí los veinte años poco antes que el brillante y misericordioso general Adolf Hitler llegase al poder. Jamás tendré palabras suficientes para explicar lo que sentía cuando le oí en la radio por primera vez; los escalofríos que me recorrían una y otra vez la médula espinal y como me brillaban los ojos ante sus ideas. Usted no lo comprende ni lo hará, pero esas ideas eran tan justas... Así que me alisté al ejército para luchar por mi patria y cumplir los deseos del Führer. La raza aria era la única que debía pervivir, mientras que el resto de razas -principalmente judíos- debían morir y no dejar ningún rastro. Acabé en lo que llamábamos campos de exterminio. Solían venir enormes trenes llenos de esa asquerosa gentuza que el Führer deseaba ver muerta. Todos te miraban con esa expresión apenada que me provocaba arcadas. Por tu expresión, Frank, ¿era Frank?, sí bueno, por tu expresión parece ser que no compartes mis ideales; pero deberías haberlos visto con mis propios ojos y conocerías cuanto asco sentía por ellos. Rápidamente les almacenábamos como ratas, aunque a veces los fusilábamos sin compasión. Ya sabe, teníamos que matar el tiempo de algún modo. Odiaba cuando lloraban, aquellos seres no merecían lamentarse, así que solía disparar sin pensarlo dos veces. Una tradición allí era apostar cuanta gente acabaría en la cámara de gas en un día.
Una vez, el Führer vino a observar el funcionamiento del campo. Y oh Frank, me dió la mano y me agradeció mi trabajo por la patria y por la nueva raza. JODER FRANK, ADOLF HITLER ME HABLÓ EN PERSONA Y SE SENTÍA ORGULLOSO DE MÍ. Vale, lo siento por gritar, no llames al doctor, estoy bien, estoy bien. Supongo que no querrás detalles de los gritos o del olor a carne humana quemada, ¿verdad? Los hornos gemían por carne, y el cielo se volvía negro cuando nos deshacíamos de esos hijos de puta. Disfrutaba matando, Frank, lo hacía de verdad. Sentía placer por ver sus rostros acongojados por dolor y miedo. Ah, eran tan agradable...
¿Sabes Frank? Yo también tenía mi corazoncito. Llegó una niña de, que sé yo, ¿dieciséis años?, de la que caí enamorado, o eso creo. Tenía unos ojos verdes arrebatadores y una boca de porcelana. Solía ir a su barracón cuando nadie estaba presente y solía cortejarla. Rondaba unos veinticinco años, así que no me costó demasiado. Follamos, Frank, follamos en todas las posiciones que quería; y se la terminaron follando mis compañeros también. Creo que la cría se pensaba que iba a salvarla por follármela. Inocente criatura. Acabó en las cámaras de gas como el resto. Zorra. Supongo que al final las muertes me trastornaron, ¿no dice eso el doctor? Supongo que querrás entrevistar a más de mis compañeros, así que finalizaré mi confesión aquí. Frank, ¿volverás a verme? Siempre podremos vernos en el infierno, ¿no?