Para Barbitas, por sacar el tema.
Tal vez la vida sea una mierda y Dios nos haya abandonado a nuestra suerte; tal vez se ría de nuestros esfuerzos por sobrevivir. A lo mejor ese hijo de puta que te abandonó aún sigue pensando en ti, aquel amigo de la infancia intenta llamarte y tu padre seguiría mirándote a los ojos, desconociendo esa homosexualidad latente que vive dentro de ti que él tanto rechaza. Quién sabe, ¿no? Quién sabe.
Después de esta introducción, me pregunto que pensarán de mí; déjenme adivinarlo, ¿una pesimista extrema?, ¿una vieja amargada? Seamos sinceros, a mí me la suda ─si me permiten expresarme tan vastamente─ su opinión sobre mí y ustedes no me dan si quiera la importancia necesaria para hacerme un perfil; así que tendré que contar mi historia una vez más.
Supongo que yo era una chica triste sin razón; es decir, no me acosaban ni tenía un pasado triste, yo que sé. Mi familia era feliz y jamás se había roto y creo recordar que nadie que me importase lo suficiente había muerto, así que creo que no había motivos para que estuviese triste. No tenía muchos amigos porque me pasaba mi tiempo libre en casa, estudiando o con mis padres. Oh, por los clavos de Cristo, no me digan que han atribuido mi tristeza a esta falta de amigos, mi familia rellenaba dichos huecos. Y me era suficiente, ¿saben? Porque siempre fui una cría modesta, egocentrismo cero. En el instituto me iba bien, creo. Solía sacar buenas notas y la gente me respetaba; me preguntaban dudas, me pedían los deberes y no mucho más. Más que suficiente contacto social. Y bueno, en todo instituto existe el típico grupo de zorras que a todo el mundo le cae bien menos a ti y se toman la molestia de joderte la vida. Supongo que les agradecería que perdiesen su tiempo conmigo de no ser por el hecho de que me dan ganas de vomitar, reír, salir corriendo y romperles la nariz. No crean que soy tan marimacho, simplemente tenía mal humor y cuatro rubias pintadas no iban a tocarme las narices de tal manera. Tampoco era tan malo, en clase no llamaba la atención más de lo necesario. Era un buen trato, estudiaba y sacaba las mejores notas de la clase a cambio de que me dejaran pasar desapercibida. Era como un fantasma, pero me gustaba. Ah. Ya ven, no puedo quejarme.
Los días solían ser monótonos, pero adoraba mi propia rutina de aparecer y desaparecer por los diferentes lugares en silencio.
Recuerdo el día que nos cambió la vida a todos. Llegué a casa algo cansada, pero aún así fui a la cocina para ayudar a mi madre. Grité. Estaba en el suelo, apenas se movía y el movimiento de su pecho era casi imperceptible. Eché a correr al salón, ─creo que me caí varias veces por el incontrolable temblor de mi aparato locomotor─ y rompí a llorar mientras rogaba por una ambulancia. Me senté al lado de mi madre en silencio y lo único que recuerdo fueron ruidos, ajetreos y miedo. Después recuerdo a mi padre llorando, una manta, café y olor a quirófano. Se me dilataron las aletas de la nariz ante este desagradable olor a inseguridades, muerte y desinfectantes. Quería consolar a mi padre, abrazarle y decirle que mamá saldría de esto. Sin embargo, me quedé en silencio, porque ni siquiera sabía si yo sería capaz de creerme mis propias palabras.
Mamá se quedó ingresada; había sufrido un ataque al corazón y necesitaba un trasplante rápido si no quería que su vida corriera peligro. A diferencia de las películas americanas, no había corazones compatibles con el suyo. Se me diagnosticó un porcentaje medio-elevado de ansiedad, así que me empastillaron tanto que parecía una puta yonki, como la chica de Requiem for a dream. ¿Han visto alguna vez esa película? Yo no, pero el título siempre me había parecido romántico.
Dejé de estudiar, de comer, de dormir, de vivir. A mi padre debió de ocurrirle algo parecido, porque se fue a la casa de sus padres durante unos días. Mi madre necesitaba un corazón, ¿no? Pues yo se lo daría. Me sometí a bastantes pruebas hasta concluir en que mi corazón era compatible; y a pesar de las insistencias de aquellos médicos, decidí seguir adelante. Y bueno, ya pueden imaginar el resto, ¿no? Lo telefoneé para perdirle que me cambiase el turno y viniese él a cuidar a mamá, y supongo que no tardó mucho en venir. Los últimos recuerdos que poseo son el quirófano y una carta para mis padres.
Tal vez la vida sea una mierda y Dios nos haya abandonado a nuestra suerte, quizás se ría de nuestros esfuerzos por sobrevivir. A lo mejor mi madre me odia por haber muerto por ella, mi padre se culpe por haberme dejado sola o ambos me agradezcan mi sacrificio. Quién sabe, ¿no? Quién sabe.
lunes, 4 de noviembre de 2013
lunes, 21 de octubre de 2013
Recuerdos de guerra.
Nota de la autora: A ver, este relato incluye ideas sobre nazismo, lo cual quiero dejar claro que NO COMPARTO DICHOS IDEALES, es un relato simple que quiero dedicar a @_RodrigoRuiz_ por pedirme que lo escribiera. No es muy fuerte; de todos modos, leerlo bajo vuestra responsabilidad.
No recuerdo bien el número de cigarrillos que había consumido ese día. Las paredes grises de aquella sala no nos gustaban a ninguno de los dos; lo sé porque tus ojos se tornaban tristes cuando evitabas mirarme y te veías obligado a observar la sala. Recuerdo que movías mucho las manos y parpadeabas en exceso. Sigo sin comprender por qué estabas tan nervioso, ¿te asusta un viejo diablo? Te miré en silencio y te pedí que comenzásemos, lo cual aceptaste encendiendo la grabadora. Vaya alguien más morboso que deseaba escuchar los relatos del infierno. Ah, allá vamos, pues.
-¿Qué mejor manera para comenzar más que presentándome? Mi nombre es Harold Petrov, de antepasados rusos y alemanes. Nací y crecí en la hermosa ciudad de Berlín. Mis padres estaban muy bien acomodados, económicamente hablando. Tenía una hermana, Gretel, que murió a la edad de doce años debido a leucemia. Estudié y me formé como un hombre culto, algo que, sin saberlo aún, me sería muy útil. Cumplí los veinte años poco antes que el brillante y misericordioso general Adolf Hitler llegase al poder. Jamás tendré palabras suficientes para explicar lo que sentía cuando le oí en la radio por primera vez; los escalofríos que me recorrían una y otra vez la médula espinal y como me brillaban los ojos ante sus ideas. Usted no lo comprende ni lo hará, pero esas ideas eran tan justas... Así que me alisté al ejército para luchar por mi patria y cumplir los deseos del Führer. La raza aria era la única que debía pervivir, mientras que el resto de razas -principalmente judíos- debían morir y no dejar ningún rastro. Acabé en lo que llamábamos campos de exterminio. Solían venir enormes trenes llenos de esa asquerosa gentuza que el Führer deseaba ver muerta. Todos te miraban con esa expresión apenada que me provocaba arcadas. Por tu expresión, Frank, ¿era Frank?, sí bueno, por tu expresión parece ser que no compartes mis ideales; pero deberías haberlos visto con mis propios ojos y conocerías cuanto asco sentía por ellos. Rápidamente les almacenábamos como ratas, aunque a veces los fusilábamos sin compasión. Ya sabe, teníamos que matar el tiempo de algún modo. Odiaba cuando lloraban, aquellos seres no merecían lamentarse, así que solía disparar sin pensarlo dos veces. Una tradición allí era apostar cuanta gente acabaría en la cámara de gas en un día.
Una vez, el Führer vino a observar el funcionamiento del campo. Y oh Frank, me dió la mano y me agradeció mi trabajo por la patria y por la nueva raza. JODER FRANK, ADOLF HITLER ME HABLÓ EN PERSONA Y SE SENTÍA ORGULLOSO DE MÍ. Vale, lo siento por gritar, no llames al doctor, estoy bien, estoy bien. Supongo que no querrás detalles de los gritos o del olor a carne humana quemada, ¿verdad? Los hornos gemían por carne, y el cielo se volvía negro cuando nos deshacíamos de esos hijos de puta. Disfrutaba matando, Frank, lo hacía de verdad. Sentía placer por ver sus rostros acongojados por dolor y miedo. Ah, eran tan agradable...
¿Sabes Frank? Yo también tenía mi corazoncito. Llegó una niña de, que sé yo, ¿dieciséis años?, de la que caí enamorado, o eso creo. Tenía unos ojos verdes arrebatadores y una boca de porcelana. Solía ir a su barracón cuando nadie estaba presente y solía cortejarla. Rondaba unos veinticinco años, así que no me costó demasiado. Follamos, Frank, follamos en todas las posiciones que quería; y se la terminaron follando mis compañeros también. Creo que la cría se pensaba que iba a salvarla por follármela. Inocente criatura. Acabó en las cámaras de gas como el resto. Zorra. Supongo que al final las muertes me trastornaron, ¿no dice eso el doctor? Supongo que querrás entrevistar a más de mis compañeros, así que finalizaré mi confesión aquí. Frank, ¿volverás a verme? Siempre podremos vernos en el infierno, ¿no?
No recuerdo bien el número de cigarrillos que había consumido ese día. Las paredes grises de aquella sala no nos gustaban a ninguno de los dos; lo sé porque tus ojos se tornaban tristes cuando evitabas mirarme y te veías obligado a observar la sala. Recuerdo que movías mucho las manos y parpadeabas en exceso. Sigo sin comprender por qué estabas tan nervioso, ¿te asusta un viejo diablo? Te miré en silencio y te pedí que comenzásemos, lo cual aceptaste encendiendo la grabadora. Vaya alguien más morboso que deseaba escuchar los relatos del infierno. Ah, allá vamos, pues.
-¿Qué mejor manera para comenzar más que presentándome? Mi nombre es Harold Petrov, de antepasados rusos y alemanes. Nací y crecí en la hermosa ciudad de Berlín. Mis padres estaban muy bien acomodados, económicamente hablando. Tenía una hermana, Gretel, que murió a la edad de doce años debido a leucemia. Estudié y me formé como un hombre culto, algo que, sin saberlo aún, me sería muy útil. Cumplí los veinte años poco antes que el brillante y misericordioso general Adolf Hitler llegase al poder. Jamás tendré palabras suficientes para explicar lo que sentía cuando le oí en la radio por primera vez; los escalofríos que me recorrían una y otra vez la médula espinal y como me brillaban los ojos ante sus ideas. Usted no lo comprende ni lo hará, pero esas ideas eran tan justas... Así que me alisté al ejército para luchar por mi patria y cumplir los deseos del Führer. La raza aria era la única que debía pervivir, mientras que el resto de razas -principalmente judíos- debían morir y no dejar ningún rastro. Acabé en lo que llamábamos campos de exterminio. Solían venir enormes trenes llenos de esa asquerosa gentuza que el Führer deseaba ver muerta. Todos te miraban con esa expresión apenada que me provocaba arcadas. Por tu expresión, Frank, ¿era Frank?, sí bueno, por tu expresión parece ser que no compartes mis ideales; pero deberías haberlos visto con mis propios ojos y conocerías cuanto asco sentía por ellos. Rápidamente les almacenábamos como ratas, aunque a veces los fusilábamos sin compasión. Ya sabe, teníamos que matar el tiempo de algún modo. Odiaba cuando lloraban, aquellos seres no merecían lamentarse, así que solía disparar sin pensarlo dos veces. Una tradición allí era apostar cuanta gente acabaría en la cámara de gas en un día.
Una vez, el Führer vino a observar el funcionamiento del campo. Y oh Frank, me dió la mano y me agradeció mi trabajo por la patria y por la nueva raza. JODER FRANK, ADOLF HITLER ME HABLÓ EN PERSONA Y SE SENTÍA ORGULLOSO DE MÍ. Vale, lo siento por gritar, no llames al doctor, estoy bien, estoy bien. Supongo que no querrás detalles de los gritos o del olor a carne humana quemada, ¿verdad? Los hornos gemían por carne, y el cielo se volvía negro cuando nos deshacíamos de esos hijos de puta. Disfrutaba matando, Frank, lo hacía de verdad. Sentía placer por ver sus rostros acongojados por dolor y miedo. Ah, eran tan agradable...
¿Sabes Frank? Yo también tenía mi corazoncito. Llegó una niña de, que sé yo, ¿dieciséis años?, de la que caí enamorado, o eso creo. Tenía unos ojos verdes arrebatadores y una boca de porcelana. Solía ir a su barracón cuando nadie estaba presente y solía cortejarla. Rondaba unos veinticinco años, así que no me costó demasiado. Follamos, Frank, follamos en todas las posiciones que quería; y se la terminaron follando mis compañeros también. Creo que la cría se pensaba que iba a salvarla por follármela. Inocente criatura. Acabó en las cámaras de gas como el resto. Zorra. Supongo que al final las muertes me trastornaron, ¿no dice eso el doctor? Supongo que querrás entrevistar a más de mis compañeros, así que finalizaré mi confesión aquí. Frank, ¿volverás a verme? Siempre podremos vernos en el infierno, ¿no?
miércoles, 16 de octubre de 2013
El niño llegaba siempre a la misma hora. Cruzaba el enorme portón del cementerio y observaba en silencio el camposanto, aprendiéndose cada mínima forma de aquel lugar. Rara vez variaba el camino hasta aquella insignificante tumba, donde el niño se sentaba y, con el mayor respeto que conocía, depositaba una pequeña rosa; después, se abrazaba las piernas y comenzaba a hablar. Su monólogo era muy improvisado, pese a que él hacía grandes esfuerzos por llevar algún tipo de orden; pero su voz se teñía de una dolorosa nostalgia y de mucha ternura. Cualquiera que pasase por allí podía sentir aquella atmósfera cargada de «te echo de menos» deseando ser pronunciados y oídos. Pasado un tiempo, se secaba las lágrimas de la cara, le daba un último beso a la rosa y murmuraba un tímido «adiós mamá, te quiero».
Cuando se iba, el niño solía acudir a la iglesia, donde el párroco local ─un señor de gran edad que había viajado mucho cuando fue más joven─, le enseñaba a leer, escribir, realizar algunas operaciones simples y latín. El niño se esforzaba al máximo por aprender hasta la última palabra que el anciano pronunciaba; y, después de estudiar, regresaban juntos a una modesta casita. No tenía otro lugar al que acudir, así que el cura lo adoptó; aceptándolo en su casa y sirviéndole de su comida.
A veces el cura lo acompañaba al cementerio y rezaban juntos, e incluso el cura ─o padre, como lo llamaba el niño─, solía hablarle al aire también. El niño no tenía amigos, pero tampoco le entristecía dicho hecho. Simplemente, le restaba importancia de algún modo u otro. Así pasó su infancia, visitando a su madre y aprendiendo.
Como todo el mundo, el niño creció. Y decidió salir de aquel pueblo a conocer el mundo que solía leer en los libros. Y aprendió más de lo que jamás hubiese imaginado. Conoció al amor de su vida, con el que se casó unos años después; y formó una maravillosa familia. O eso me parece a mí; pese a todo, ¿que padre puede hablar mal de sus hijos y que marido puede decir cosas negativas sobre su mujer? Continúo visitando a mi madre de vez en cuando para que no me eche de menos. Quiero que sepa que crecí para tener la familia que ella no pudo formar ni cuidar.
Cuando se iba, el niño solía acudir a la iglesia, donde el párroco local ─un señor de gran edad que había viajado mucho cuando fue más joven─, le enseñaba a leer, escribir, realizar algunas operaciones simples y latín. El niño se esforzaba al máximo por aprender hasta la última palabra que el anciano pronunciaba; y, después de estudiar, regresaban juntos a una modesta casita. No tenía otro lugar al que acudir, así que el cura lo adoptó; aceptándolo en su casa y sirviéndole de su comida.
A veces el cura lo acompañaba al cementerio y rezaban juntos, e incluso el cura ─o padre, como lo llamaba el niño─, solía hablarle al aire también. El niño no tenía amigos, pero tampoco le entristecía dicho hecho. Simplemente, le restaba importancia de algún modo u otro. Así pasó su infancia, visitando a su madre y aprendiendo.
Como todo el mundo, el niño creció. Y decidió salir de aquel pueblo a conocer el mundo que solía leer en los libros. Y aprendió más de lo que jamás hubiese imaginado. Conoció al amor de su vida, con el que se casó unos años después; y formó una maravillosa familia. O eso me parece a mí; pese a todo, ¿que padre puede hablar mal de sus hijos y que marido puede decir cosas negativas sobre su mujer? Continúo visitando a mi madre de vez en cuando para que no me eche de menos. Quiero que sepa que crecí para tener la familia que ella no pudo formar ni cuidar.
Incluso si mañana se acabase el mundo, hoy plantaría un manzano. *
* frase sacada del manga Defense Devil
Ni siquiera sé cómo acabé siendo carcelero; tal vez fueron caprichos de la vida o una sucesión de mala suerte. Sea como sea, he pasado los últimos quince años de mi vida recorriendo estos mohosos y lúgubres pasillos, observando en silencio todos esos rostros condenados a muerte y escuchando los rezos vacíos a toda la corte celestial. No podía evitar sonreír mientras una desagradable acidez me recorría las venas. Una vez dentro de aquí, solo significaba que hasta Dios te había dado la espalda. La mayoría de los allí retenidos tendían a ser inocentes que no se podían pagar la libertad, algo así como pájaros con alas rotas. Tenían familia, trabajo, estudios y verdadera mala suerte, para que engañarnos. Más de una vez había pensado en brindarles la libertad que buscaban, pero no tenía el valor suficiente para afrontar el castigo que me deparaba. Era algo estúpido ya que no tenía nada que perder, pero aún así el pánico me era mejor consejero que el valor.
Hoy llegó un nuevo rehén, un chico no mayor de veinte años. A diferencia del resto, él no lloraba, ni gritaba o pataleaba como un niño pequeño; él estaba en silencio, impasible, afrontando los días que debía vivir aquí antes de acabar en la horca. He de reconocer que su frialdad me sorprendió, incluso llegó a asustarme en ocasiones. Recuerdo una ocasión, después de llevarles aquellos tarros llenos de comida que ni los perros olerían, aquel chico me devolvió uno de los tarros y me pidió que le plantase un manzano y lo volviese a llevar a su celda. No tenía nada que perder por ello, así que cumplí su deseo, que él me recompensó con una sonrisa.
Los días pasaban y él seguía inexpresivo, comiendo lo que necesitaba y cuidando aquella pequeña maceta con tanto mimo.
Finalmente, llegó el día de su ejecución y no pude resistirme a preguntarle por qué me pidió aquello hace ya tanto tiempo.
─Es simple; incluso si mañana se acabase el mundo, hoy plantaría un manzano.
[...]
Me acerqué a la muchedumbre que observaba la ejecución en la plaza. El chico estaba preparado para morir y la imagen resultaba, cuanto menos, deprimente. Reflejaba cuan cruel podía ser el mundo frente a una mínima esperanza. Subió las pequeñas escaleras y esperó a sentir la soga alrededor de su cuello. La trampilla cedió y él se agitó, intentando encontrar un soporte invisible que pudiese salvar su vida. No aparté la mira hasta que su cuerpo dejó de convulsionarse. Me quedé allí largo tiempo, siendo de las últimas personas en retirarme de la plaza. El único motivo por el que se podría culpar a ese chico habría sido de querer vivir. Pese a todo, de algún modo, su historia me hizo cambiar mi percepción de la vida. Trasplanté aquel pequeño manzano en el jardín que poseía detrás de mi casa; y no hay día que no lo cuide con todo mi esmero. Alberga demasiada esperanza como para dejarlo morir sin más.
Ni siquiera sé cómo acabé siendo carcelero; tal vez fueron caprichos de la vida o una sucesión de mala suerte. Sea como sea, he pasado los últimos quince años de mi vida recorriendo estos mohosos y lúgubres pasillos, observando en silencio todos esos rostros condenados a muerte y escuchando los rezos vacíos a toda la corte celestial. No podía evitar sonreír mientras una desagradable acidez me recorría las venas. Una vez dentro de aquí, solo significaba que hasta Dios te había dado la espalda. La mayoría de los allí retenidos tendían a ser inocentes que no se podían pagar la libertad, algo así como pájaros con alas rotas. Tenían familia, trabajo, estudios y verdadera mala suerte, para que engañarnos. Más de una vez había pensado en brindarles la libertad que buscaban, pero no tenía el valor suficiente para afrontar el castigo que me deparaba. Era algo estúpido ya que no tenía nada que perder, pero aún así el pánico me era mejor consejero que el valor.
Hoy llegó un nuevo rehén, un chico no mayor de veinte años. A diferencia del resto, él no lloraba, ni gritaba o pataleaba como un niño pequeño; él estaba en silencio, impasible, afrontando los días que debía vivir aquí antes de acabar en la horca. He de reconocer que su frialdad me sorprendió, incluso llegó a asustarme en ocasiones. Recuerdo una ocasión, después de llevarles aquellos tarros llenos de comida que ni los perros olerían, aquel chico me devolvió uno de los tarros y me pidió que le plantase un manzano y lo volviese a llevar a su celda. No tenía nada que perder por ello, así que cumplí su deseo, que él me recompensó con una sonrisa.
Los días pasaban y él seguía inexpresivo, comiendo lo que necesitaba y cuidando aquella pequeña maceta con tanto mimo.
Finalmente, llegó el día de su ejecución y no pude resistirme a preguntarle por qué me pidió aquello hace ya tanto tiempo.
─Es simple; incluso si mañana se acabase el mundo, hoy plantaría un manzano.
[...]
Me acerqué a la muchedumbre que observaba la ejecución en la plaza. El chico estaba preparado para morir y la imagen resultaba, cuanto menos, deprimente. Reflejaba cuan cruel podía ser el mundo frente a una mínima esperanza. Subió las pequeñas escaleras y esperó a sentir la soga alrededor de su cuello. La trampilla cedió y él se agitó, intentando encontrar un soporte invisible que pudiese salvar su vida. No aparté la mira hasta que su cuerpo dejó de convulsionarse. Me quedé allí largo tiempo, siendo de las últimas personas en retirarme de la plaza. El único motivo por el que se podría culpar a ese chico habría sido de querer vivir. Pese a todo, de algún modo, su historia me hizo cambiar mi percepción de la vida. Trasplanté aquel pequeño manzano en el jardín que poseía detrás de mi casa; y no hay día que no lo cuide con todo mi esmero. Alberga demasiada esperanza como para dejarlo morir sin más.
sábado, 5 de octubre de 2013
Ojo por ojo, diente por diente.
Se sirvió otro vaso de whiskey mientras leía de nuevo aquella carta. Admiraba la curiosa curva que tomaban las mayúsculas, la sobreexplotación de los signos de puntuación e incluso los borrones que ensuciaban la pieza. Era un pequeño réquiem, una infantil despedida. La lluvia caía estrepitosamente sobre la ventana, despreciando la nostalgia que sentía aquel anciano. Él, molesto, abrió la ventana y, en un vano ataque de furia, despotricó contra la lluvia, que incrementó sus ácidas burlas hacia sus recuerdos corrompidos por tristeza y culpa. El viento se abría paso entre la lluvia, encontrando su fatídico final alimentando el fuego de la chimenea. Tiró el vaso, que se hizo añicos contra el suelo; encontrando una buena comparación para el estado de su alma. Miró la frondosa oscuridad mientras gritaba el nombre de la difunta niña. Se le quebraba la voz, pero seguía insistiendo en recuperarla de algún modo. La lluvia le calaba hasta los huesos, pero no sentía frío. Cerró la ventana y se acercó a la chimenea, con el fin de que las lágrimas que empapaban sus vestiduras y piel se fundieran con el aire. Y así fue, pero él no llegaba a sentir el calor que proporcionaba aquel crepitante fuego, haciendo bailar sin parar las llamas. El hombre se levantó y, arrastrando los pies, llegó hasta su habitación. Levantó las baldosas de madera, que contenían su billete de ida -sin vuelta- al infierno. No tuvo conciencia de que lloraba hasta que la caja se tornó húmeda. Sacó el pequeño revolver plateado y lo limpió con mimo, lo cual hizo que el ejecutor brillara con orgullo. Se secó las lágrimas y cerró los ojos mientras acerca la pistola a su sien.
—Ojo por ojo, diente por diente.
—Ojo por ojo, diente por diente.
Kaboom.
miércoles, 21 de agosto de 2013
Broken wings.
Me desperté de golpe, sintiendo la sangre huir de mi rostro. Miré el despertador, 5:29 am. El sol ni siquiera se había asomado, aunque las nubes seguramente trataban de ocultarlo. El colchón estaba manchado de sangre, y las vendas de mis muñecas presentaban un perturbante rojo que me trajo los recuerdos de aquella noche. Una vez, me hice daño a mí misma. Me rompí las alas con las que planeaba volar lejos de aquí. Me reí amargamente mientras sentía que las lágrimas me ardían en los ojos, así que parpadeé varias veces para no dejarlas caer. No me iba a dar la satisfacción de derrumbarme de nuevo. Abrí el armario y saqué el primer pantalón y sudadera que mis manos encontraron, y me vestí despacio, temiendo romperme si lo hacía demasiado deprisa. Rompí a llorar. ¿Acaso podía romperme más aún? ¿Mi alma aún no estaba suficientemente destrozada? Terminé tragándome las lágrimas y saliendo a la calle.
Llovía a cántaros, mezclándose con la humedad que las lágrimas habían dejado a lo largo de mis mejillas, limpiándolas. No había mucha gente por la calle, abundando entre esta minoría oficinistas y empresarios que estaban obligados a madrugar. Me reí. ¿Viviría lo suficiente para tener un trabajo o una casa? ¿Me casaría algún día? Me miré la muñeca. La venda estaba empapada de sangre y agua, tal vez debería cambiarla luego. Sí, creo que debería.
No sabía a donde ir o que hacer, todos los locales estaban cerrados y la única gente que pasaba iba con traje y prácticamente corriendo; así que acabé sentándome en un portal, abrazándome las rodillas con tanta fuerza que incluso me dolía. Un pequeño ladrido me hizo levantar la cabeza. Un perrito empapado me miraba fijamente. Lo miré también. No tenía collar, así que seguramente estuviese abandonado. Me levanté, sacudí la cabeza y me fui de aquel portal. Me giraba de vez en cuando y aquel perrito me seguía. Me reí en voz baja. Tal vez me lo pudiese llevar a casa. Me daría una razón para no dejar que se me rompan las alas otra vez. Lo cogí en brazos y regresé a casa. Íbamos a volar, aunque nos costase. De una vez por todas.
Llovía a cántaros, mezclándose con la humedad que las lágrimas habían dejado a lo largo de mis mejillas, limpiándolas. No había mucha gente por la calle, abundando entre esta minoría oficinistas y empresarios que estaban obligados a madrugar. Me reí. ¿Viviría lo suficiente para tener un trabajo o una casa? ¿Me casaría algún día? Me miré la muñeca. La venda estaba empapada de sangre y agua, tal vez debería cambiarla luego. Sí, creo que debería.
No sabía a donde ir o que hacer, todos los locales estaban cerrados y la única gente que pasaba iba con traje y prácticamente corriendo; así que acabé sentándome en un portal, abrazándome las rodillas con tanta fuerza que incluso me dolía. Un pequeño ladrido me hizo levantar la cabeza. Un perrito empapado me miraba fijamente. Lo miré también. No tenía collar, así que seguramente estuviese abandonado. Me levanté, sacudí la cabeza y me fui de aquel portal. Me giraba de vez en cuando y aquel perrito me seguía. Me reí en voz baja. Tal vez me lo pudiese llevar a casa. Me daría una razón para no dejar que se me rompan las alas otra vez. Lo cogí en brazos y regresé a casa. Íbamos a volar, aunque nos costase. De una vez por todas.
Relato cortito.
Acabó aquella estrellita de papel azul y la metió en el bote. La anciana sonrió, recordando las palabras que su madre la repetía cuando era una cría: "Reúne mil estrellas de papel y se te concederá un deseo." Sabía que no era real, pero su ilusión no decreció, y aquellos botes así lo confirmaban. No sabía ni siquiera que iba a desear, pero cuando llegase el momento, lo sabría. Y tal vez se le concedería.
Se levantó y dejó el bote en la estantería donde estaba el resto, cogiendo la única foto que adornaba ese estante. Era la última foto que se sacaron juntos, y estaban en la playa. Ambos sonreían con fuerza. La fecha databa del 93. Volvió a dejar la fotografía en su sitio y se sentó en su mecedora, hasta que el perro la rozó las piernas, haciéndola saber las ganas de salir que tenía. Era la única compañía que tenía, ya que nunca pudieron tener hijos a causa de un problema con su útero. Se levantó en busca de la correa y salió con el perro. Había un parque muy agradable cerca de su casa donde solían acudir a menudo. Era un sitio bonito, la verdad, y tenía algún que otro quiosco; y un laguito con patos que su perro siempre quería cazar. Se sentó en un banco cerca de aquel lago y observó los patos hasta que una voz masculina la devolvió a la realidad. Un anciano un poco más mayor que ella se había sentado a su lado, brindándole conversación.
La mañana se pasó volando, y el anciano no la había soltado la mano desde que se presentó. Se despidieron con dos besos y quedaron en volver al banquito mañana.
La anciana se fue, sonrojada y tonta como una adolescente. Bueno, tal vez no era demasiado tarde para enamorarse de nuevo.
Se levantó y dejó el bote en la estantería donde estaba el resto, cogiendo la única foto que adornaba ese estante. Era la última foto que se sacaron juntos, y estaban en la playa. Ambos sonreían con fuerza. La fecha databa del 93. Volvió a dejar la fotografía en su sitio y se sentó en su mecedora, hasta que el perro la rozó las piernas, haciéndola saber las ganas de salir que tenía. Era la única compañía que tenía, ya que nunca pudieron tener hijos a causa de un problema con su útero. Se levantó en busca de la correa y salió con el perro. Había un parque muy agradable cerca de su casa donde solían acudir a menudo. Era un sitio bonito, la verdad, y tenía algún que otro quiosco; y un laguito con patos que su perro siempre quería cazar. Se sentó en un banco cerca de aquel lago y observó los patos hasta que una voz masculina la devolvió a la realidad. Un anciano un poco más mayor que ella se había sentado a su lado, brindándole conversación.
La mañana se pasó volando, y el anciano no la había soltado la mano desde que se presentó. Se despidieron con dos besos y quedaron en volver al banquito mañana.
La anciana se fue, sonrojada y tonta como una adolescente. Bueno, tal vez no era demasiado tarde para enamorarse de nuevo.
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